
Es de noche. La catedral de Salamanca ilumina como solo ella sabría hacerlo el huerto de Calisto y Melibea. De los que dan nombre al jardín se conocen variopintas historias y diversos finales.
Ella debería sentirse pequeña ante esa historia de amor tan grande. O al menos debería sentirse impresionada. Sin embargo se siente más grande que nunca. Ve su pelo rubio alborotado, el brillo de sus ojos, la luz reflejada en su piel... pero lo ve desde los ojos de él. Y se ve como siempre ha querido verse.
Las historias de amor de los cuentos, de los libros... le siguen pareciendo preciosas porque después de todo es literatura. Pero las ve desde otra perspectiva. Ella está viviendo la mejor historia de amor posible, y es real. Él es real. Lo que siempre había imaginado, lo que siempre había pedido, lo que siempre había concebido como casi imposible... es él, y es real. Puede tocarle, sentirle y amarle como a nadie.
Le mira bajo aquella luz perfecta y piensa que jamás había amado de esa forma, jamás había sabido explicar más torpemente todo lo que siente y desea expresar porque las palabras siempre acaban quedándose cortas, jamás había deseado tanto decir una y otra vez "eres el amor de mi vida", jamás se había notado tan vulnerable y a la vez tan fuerte... jamás había mirado a nadie a los ojos y había notado cómo su alma ya no le pertenecía. Jamás había sido tan feliz.
Parecen dos niños tirando dos letras de papel albal por un pozo lleno de candados y pidiendo dos deseos... solo ellos saben lo que quieren decir sin decirse nada.
Y ella vuelve a mirarle una vez más. Es perfecto.
La catedral de Salamanca sigue aportando su luz, pero es pequeña en comparación a la que ellos generan agarrados de la mano mientras la van dejando atrás.
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