viernes, 15 de octubre de 2010

Cálame.

Llueve.
Las gotas salpican cada ventana cerrada para poder dormir, o para no dormir o para... soñar.
El viento intenta hacerse notar por encima de tal espectáculo, así que sopla con fuerza y entona su melodía oficial, esa que todo el mundo escucha pero que nadie es capaz de definir; y se siente orgulloso de su trabajo.
El cielo, que sabe que es el mejor, despliega su gama de colores románticos rozando la tonalidad ternura y pasando con cuidado por la de la pasión. Es experto... así que el resultado es una explosión de color, de aliento, de vida. Sin embargo mientras su orgullo se va abriendo paso, su mirada se concentra en dos personas que, abajo en el suelo, le hacen sentirse inferior. Son dos almas caladas hasta los huesos, son un conjunto de huesos calados hasta las almas. Les observa y comenta con las gotas cómo es posible tanta felicidad en medio de tanto viento y de tanta lluvia, pues no es si no en los pasajes trágicos de las obras cuando tales fenómenos ocurren. Pero eso no es trágico, sino la escena más bonita que jamás ha observado. No sabe qué hacer... ni qué tonalidad tomar para hacer juego con tal apertura de emociones, con tal muestra de amor en la tierra.
Lo que no sabe es que esas dos almas son capaces de saborear las gotas de la lluvia rozándolas con besos, que el viento simplemente es un motivo más para abrazarse y notar su calor interior, y que el cielo... No, no sabe que ni siquiera necesitan mirar al cielo, porque ellos ya se sienten en él.
Y bailan. Bailan porque tienen la certeza de que sus cuerpos son uno, de que sus labios tienen pertenencia del uno al otro, de que sus almas están conectadas eternamente, y de que no les hace falta ningún acondicionamiento exterior para formar un cielo en la tierra.

Ya no veo la lluvia de la misma forma... Incluso en eso me has enseñado.

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